El silbido se perdió en el silencio.
La llave vomitó su habilidad y abrió la pesada puerta de hierro.
Un rayo de luz al abrirse la puerta, chocó contra un espejo y dócilmente salió de él en busca de las campanas de los viajeros curiosos, ellos volaban entre flores y eran iluminados por velas de cera caliente.
Nos dirigimos al desván donde se encontraban las palomas, en la escalera, un gato pardo, relamía su plato de leche, parpadeó un rayo de sol entre las láminas de la persiana de madera, lentamente, avanzamos hacia esa ventana iluminada con los brazos arrimados al pecho.
Arrodillada en una vieja cama metálica, una niña nos miraba, su misterio la envolvía, era hermosa como la claridad del día, no dejaba de mirarnos. Entonces flotando como si no fuera de verdad, fría como los meses del mas puro invierno, pidió horas de amparo
En este cuarto lleno ahora de preguntas, pensábamos como habían cambiado nuestras vidas, nuestras vidas después de haber muerto, éramos ya sombras que sólo nos teníamos en pie por nuestros pecados, sombras que no hablábamos y que esa niña por alguna razón nos veía como humanos.
Con sólo verla mirarnos, era fácil adivinar, que pensaba que algo podía cambiarle su vida, la mirábamos sorprendidos, apenados después de tanto tiempo
Todavía no podíamos hacer nada por nadie.